El fenómeno inflacionario global parece no encontrar tregua, y las autoridades financieras, los gigantes de inversión y los organismos internacionales coinciden en un diagnóstico inquietante: los precios no solo no se moderan, sino que enfrentan nuevas presiones al alza. Sin embargo, cada entidad apunta a un responsable distinto, revelando un patrón de culpables rotativos que merece un análisis más profundo.
El relevo constante de los sospechosos
Lo que comenzó con los aranceles a productos foráneos dio paso al encarecimiento del crudo, y ahora la inteligencia artificial (IA) ocupa el centro de la escena. A mediados de 2026, analistas atribuían la subida de la inflación general en Estados Unidos por encima del 4% al conflicto bélico con Irán y al consecuente repunte petrolero, dejando a la IA como un factor secundario. Pero en julio, con el estrecho de Ormuz en proceso de reapertura y el precio del barril en descenso, el debate se desplaza: la IA se perfila como la nueva amenaza principal para la estabilidad de precios.
El esquema se repite sin cesar: cuando un factor se atenúa, otro toma el relevo y hereda el título de 'principal impulsor'. Lo que esta rotación de culpables tiende a ocultar es la persistencia del problema de fondo. Si cada trimestre surge un responsable distinto y el resultado es siempre el mismo, quizás la raíz del mal no esté únicamente en los factores señalados.
El impacto concreto de la tecnología en los precios
El componente tecnológico de esta dinámica es incuestionable y está respaldado por datos. Citadel Securities calculó que el costo de los chips de memoria se disparó un 660% desde enero de 2025, impulsado por la voraz demanda de las empresas de IA, un incremento comparable al registrado durante los cuellos de botella posteriores a la pandemia. Este encarecimiento se filtra a toda la economía: la memoria representa entre el 30% y el 40% del costo de ensamblaje de un teléfono inteligente, según fuentes del sector citadas por la firma.
Las consecuencias ya se sienten en el mercado minorista. Apple ha anunciado aumentos de precio para iPads y MacBooks debido al alza en los costos de memoria y almacenamiento. En Baltimore, Chris Barber, propietario de la empresa de soporte técnico Cheaper Than a Geek, expresó a Bloomberg su desconcierto: módulos de RAM que hace seis meses costaban 100 dólares ahora se venden por cerca de 300.
La magnitud de la inversión explica la presión. TD Cowen proyecta que las grandes tecnológicas desembolsarán 745.000 millones de dólares este año en infraestructura de IA, una cifra que podría acercarse al 3% del PIB estadounidense en 2026. Este flujo de capital choca contra una oferta rígida de chips, energía y mano de obra calificada, generando tensiones inflacionarias.
La causa estructural que se pasa por alto
Aunque nadie discute que la demanda de IA tensa los mercados de chips, energía y construcción, el punto ciego aparece cuando se intenta explicar por qué siempre parece haber un factor nuevo para justificar la inflación. Las propias fuentes ofrecen la respuesta, aunque relegada a un segundo plano. Citadel lo menciona casi de pasada: la inflación avanza mientras 'un ciclo generacional de inversión de capital se encuentra con condiciones financieras favorables y un estímulo fiscal procíclico'. Es decir, la demanda de chips se topa con una oferta limitada en un contexto de dinero abundante y gasto público expansivo.
El Banco de Pagos Internacionales (BIS) aporta la otra mitad del cuadro. En su Informe Económico Anual, advirtió que la deuda pública global cerró 2025 en 111 billones de dólares, equivalente al 94% del PIB mundial según datos del FMI. Esa carga, sumada a tasas de interés más altas, deja a los gobiernos 'con mucho menos margen para responder a crisis o recesiones'. El BIS instó a las autoridades a 'priorizar la estabilidad de precios'.
El relato dominante prefiere la imagen concreta del chip escaso o el barril de petróleo caro antes que la causa difusa y estructural: un stock de dinero y deuda que crece más rápido que los bienes disponibles. Cuando la oferta monetaria se incrementa aceleradamente, el valor del dinero se diluye. El mercado premia lo escaso, no lo que es abundante.
Perspectivas sombrías para la inflación
La estructura narrativa no es nueva. En 2021, la inflación se atribuía a las cadenas de suministro rotas por la pandemia, y el episodio se calificó como 'transitorio'. Ese pronóstico falló. Hoy, buena parte del consenso repite el molde con la IA: presiones 'iniciales' que la productividad futura terminará por revertir. Sin embargo, el escepticismo tiene respaldo entre los propios reguladores. Neel Kashkari, presidente de la Fed de Mineápolis, pasó de considerar un recorte de tasas a contemplar una subida, y advirtió que 'ese mundo de ensueño tardará mucho más en hacerse realidad de lo que nos dicen los pronosticadores'. El gobernador Michael Barr fue más lejos: no ve en el auge de la IA un motivo para bajar tasas.
Greg Daco, economista jefe de EY, sostiene que las revoluciones tecnológicas primero elevan los precios por la inversión de capital y solo después, con años de rezago, impulsan la productividad. Mientras tanto, la factura la pagan los hogares. Los pronósticos aciertan en el 'qué': los precios seguirán altos. El debate pendiente, y a menudo ocultado, es el 'por qué'.
Un dinero que pierde valor y alternativas emergentes
La discusión trasciende la coyuntura. Cuando la unidad con la que se miden todos los precios (el dinero fíat) pierde valor de forma sostenida debido a su emisión ilimitada e inorgánica, cada shock de oferta (guerra, chips, aranceles o lo que sea) se amplifica y se percibe como inflación pura. Pero se omite la causa monetaria: el valor del dinero se está 'derritiendo'. El poder de compra de un billete de 100 dólares se ha erosionado notablemente desde 1990 hasta la actualidad, según datos de la Oficina de Estadísticas Laborales.
A los gobiernos no les conviene arreglar este problema. Ellos se benefician de un dinero que pierde valor y de la emisión infinita con la que pueden financiar sus gastos. Mientras tanto, los individuos deben ingeniárselas para preservar su patrimonio. En este contexto, alternativas como Bitcoin —con su política monetaria inamovible y un suministro máximo de 21 millones de unidades— cobran especial relevancia.