El entusiasmo desmedido por la tecnología suele fundamentarse en la promesa de un porvenir ineludible, pero los guardianes de la estabilidad económica global acaban de encender una señal de alarma. El Banco de Pagos Internacionales (BIS), organismo que articula a los bancos centrales de todo el orbe, ha emitido un severo aviso en su Informe Económico Anual 2026, divulgado el 28 de junio de 2026.

Un billón de dólares que refleja episodios pasados

Los analistas de la entidad financiera señalan que la actual vorágine de inversión en inteligencia artificial (IA) presenta inquietantes similitudes con los desplomes financieros más notorios de la historia, incluido el de 2008. Advierten, además, que este oleaje de optimismo no avanza en solitario, sino que se mueve sobre un terreno sembrado de deudas públicas en niveles récord y una inflación que no cede.

La magnitud del desembolso actual desafía los indicadores convencionales. Cinco gigantes tecnológicos —Microsoft, Google, Amazon, Meta y Apple— encabezan una carrera que inyectará más de un billón de dólares en infraestructura de IA. No obstante, en los despachos de Basilea (Suiza), este fenómeno no se percibe como algo novedoso, sino como un esquema que se repite.

Los expertos del BIS, bajo la dirección de Pablo Hernández de Cos y Frank Smets, establecen un vínculo directo entre el actual despliegue y las burbujas de los canales en 1830, los ferrocarriles en 1840 o las empresas puntocom a finales de los noventa. Sin embargo, la realidad presenta otro rostro: el BIS detecta hoy mecanismos de «financiamiento circular». Por ejemplo, cuando fabricantes clave de microchips invierten en laboratorios de desarrollo que, poco después, emplean esos mismos fondos para adquirir los chips del inversor, apalancando activos de forma poco transparente.

«El entusiasmo actual refleja expectativas de productividad futura que aún no se han materializado a escala macroeconómica», señala el Informe Económico del BIS.

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Para los analistas, la historia económica demuestra que cuando los rendimientos tangibles tardan en aparecer, la financiación se retira de manera abrupta. Y en esta ocasión, el impacto financiero podría ser más severo, porque hoy los hogares tienen una exposición a la renta variable considerablemente mayor que en crisis anteriores.

El factor bitcoin: el dinero fíat bajo presión

Aunque el BIS no menciona a los criptoactivos en su análisis, economistas del ámbito digital indican que la advertencia de Basilea afecta de inmediato la liquidez de los activos de riesgo. Para Arthur Hayes, cofundador de BitMEX y director de inversiones del fondo Maelstrom, el frenesí de la IA es precisamente la causa del reciente estancamiento de bitcoin (BTC). Hayes argumenta que el gasto de capital multimillonario en tecnología actúa como un «aspirador global de capital de dinero fíat», desviando los flujos de inversión que antes buscaban refugio contra la devaluación monetaria hacia los rendimientos verticales de Wall Street.

Si la burbuja política o comercial de la IA estalla, el mercado cripto sufrirá inicialmente por la falta de liquidez; sin embargo, en cuanto las autoridades entren en pánico e impriman dinero para contener el colapso, veremos la mayor inyección de crédito desde la pandemia.

Arthur Hayes.

Bajo esta premisa, un eventual pinchazo de la burbuja tecnológica arrastraría inicialmente a todo el ecosistema de los criptoactivos en una liquidación forzosa. No obstante, la tesis de Hayes coincide con la visión de la escuela austríaca de economía en el largo plazo. Es decir, una vez que el colapso del mercado obligue a los bancos centrales a intervenir mediante una nueva emisión masiva de liquidez, bitcoin volverá a actuar como el refugio definitivo frente al sistema financiero tradicional, como ha ocurrido en otras ocasiones.

Frente a este escenario, el BIS no recomienda endurecer la política monetaria para frenar la inversión, sino que insta a los gobiernos a sanear las finanzas públicas y supervisar los préstamos no bancarios. En última instancia, la evolución financiera dependerá de la capacidad de los bancos centrales para contener los riesgos compartidos, asegurando que un eventual ajuste en las valoraciones de la IA no se traduzca en una desaceleración económica global.

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