«Privacidad es la capacidad de revelarse selectivamente ante el mundo.» Esta frase de Eric Hughes, extraída del Manifiesto Cypherpunk, condensa una idea que hoy divide al ecosistema cripto. Lo que antes era un ideal de protección individual se ha convertido en un activo cotizado, pero con matices que cambian quién decide qué se oculta y qué se muestra. Mientras las grandes instituciones financieras redescubren el valor del secreto en sus operaciones, los ciudadanos enfrentan exigencias crecientes de transparencia.
El giro corporativo de la privacidad
Durante años, el término ‘privacidad’ fue sinónimo de sospecha en el discurso de bancos y reguladores. Sin embargo, hoy aparece en informes de gestores de fondos y en el diseño de infraestructuras de Wall Street como un requisito indispensable. La red Canton, sobre la que la DTCC —entidad que compensa y custodia valores en EE.UU.— probó en julio operaciones reales con activos tokenizados junto a firmas como JPMorgan, Goldman Sachs y BlackRock, es el ejemplo más claro. Yuval Rooz, director ejecutivo de Digital Asset, define la privacidad como la capacidad de compartir información según la necesidad de conocerla, precisando que quienes deben ver cada transacción son las partes implicadas y los reguladores correspondientes. Esta definición se asemeja a la de Hughes, pero cambia al titular de la decisión: en el manifiesto, la persona decide qué revela de sí misma; en la red bancaria, quien determina esa necesidad es el regulador.
El crimen no se esconde en lo público
La justificación habitual para imponer límites a lo privado es la lucha contra el crimen. Según Chainalysis, las direcciones vinculadas a actividades ilícitas recibieron al menos 154.000 millones de dólares en 2025, un récord y un aumento del 162% en un año, aunque representan menos del 1% del volumen total del mercado. Curiosamente, el 84% de ese volumen ilícito circuló en stablecoins, tokens cuyas transferencias quedan registradas en redes públicas y cuyo emisor puede congelar. El robo más grande del año lo confirma: el 24 de septiembre, atacantes vinculados a Corea del Norte sustrajeron unos 387,5 millones de dólares del exchange Bitget. El dinero se movió por redes públicas, se convirtió en ether y cruzó cadenas a través de THORChain, que rechazó bloquear las direcciones por diseño. Circle y Tether congelaron unos 318.000 dólares. Solo seis días después, una billetera vinculada al atacante depositó 2.746 ZEC en el pool blindado de Zcash, unos 3,9 millones de dólares, apenas el 1% del botín. La privacidad fue un actor menor.
Monedas que se pliegan al regulador
El trato que recibe cada forma de privacidad revela el criterio real. Monero oculta por defecto emisor, receptor y monto, sin modo transparente ni puerta para nadie, por lo que ha sido deslistado de casi todos los exchanges regulados. Zcash, en cambio, ofrece privacidad optativa: conviven direcciones transparentes con un pool blindado. Cuando Binance exigió verificar el origen de los depósitos, Zcash creó un formato de dirección que solo acepta fondos de direcciones transparentes, y en julio de 2025 el exchange le retiró su etiqueta de vigilancia. En agosto empezó a cotizar en Nueva York el primer ETF de Zcash, cuyos compradores operan desde cuentas identificadas. Zcash fue readmitido porque aceptó la vigilancia. Mientras tanto, los bancos reciben una versión más generosa: confidencialidad completa frente al público, con la llave del regulador incorporada desde el diseño.
Asimetría entre poderosos y ciudadanos
Según datos de Glassnode, los activos clasificados como de privacidad pasaron de valer 7.100 millones a 33.600 millones de dólares en doce meses, y Zcash, con un alza del 2.496%, explica el 62% de esa capitalización. El mercado celebra el regreso de la privacidad, pero el capital fue a parar a la versión que conserva una puerta para el regulador. Al ciudadano, mientras tanto, se le exige lo contrario: en la Unión Europea, la directiva DAC8 obliga a los exchanges a reportar operaciones a las autoridades fiscales; el GAFI pide poder congelar y quemar stablecoins y bloquear wallets autocustodiadas. Cada transacción exige más datos y controles, y quien intenta protegerse con herramientas de privacidad pasa a ser sospechoso. Hughes definió la privacidad como la capacidad de revelarse selectivamente ante el mundo. La versión que hoy cotiza al alza conserva ese vocabulario y cambia al titular de esa capacidad: el secreto se concede a quien puede costear el cumplimiento regulatorio, y la decisión sobre qué se revela queda en manos de quien vigila. Los cypherpunks, bajo la voz de Julian Assange, resumieron la asimetría que debería ordenar todo esto: privacidad para los débiles, transparencia para los poderosos. La privacidad complaciente invierte la consigna, dando privacidad a los poderosos y exposición forzada para quien no tiene cómo defenderse.