El filósofo y experto en computación Yuk Hui sostiene que las corporaciones tecnológicas no se dedican a automatizar procesos, sino a establecer un sistema de vigilancia perpetua. En su obra Máquina y soberanía (Caja Negra, 2026) y en una entrevista con El País, Hui afirma que la discusión sobre tecnología y empleo “no gira tanto en torno al desempleo como a la intención de estas empresas de explotarnos y monitorearnos sin pausa”.

El dominio algorítmico y la economía de plataformas

Hui señala que la mayoría de las firmas que impulsan la inteligencia artificial son, en esencia, entidades financieras. Su meta no es brindar servicios tecnológicos, sino reestructurar la economía según sus propios criterios de extracción de datos y calificación. El ejemplo más evidente es la llamada economía colaborativa o gig economy, donde plataformas de mensajería y movilidad emplean un algoritmo privado para definir rutas, medir el rendimiento, imponer sanciones y suspender cuentas sin mediación humana ni posibilidad de apelación judicial. Estas compañías operan como instituciones financieras encubiertas, cuyo propósito último es el control sobre cada interacción económica.

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Bitcoin como respuesta estructural

El problema que Hui describe ya fue formalizado por Satoshi Nakamoto en 2008. El documento fundacional de Bitcoin proponía un sistema de pagos sin intermediarios, en abierta oposición al modelo bancario tradicional que desencadenó la crisis de 2007-2008. El libro blanco, de apenas nueve páginas, describe una red de nodos descentralizada, con emisión fija y verificación criptográfica, que por diseño es incompatible con la lógica de vigilancia algorítmica. Bitcoin elimina los tres pilares del control corporativo: la necesidad de un intermediario, la identidad vinculada a cada usuario y la capacidad de sancionar o excluir. Aunque los exchanges centralizados pueden reproducir esa lógica, eso no es inherente a Bitcoin sino una capa superpuesta.

La trampa de las soluciones centralizadas

Hui propone como solución la “tecnodiversidad”: fomentar múltiples enfoques y arquitecturas para resistir la homogeneización tecnológica. Sin embargo, esto requeriría marcos regulatorios e intervención estatal. La crítica desde el ámbito bitcoiner es que delegar la solución en otra autoridad central perpetúa la misma asimetría de poder que se busca corregir. El caso de las monedas digitales de bancos centrales (CBDC) ilustra este riesgo: podrían restringir el uso del dinero según objetivos específicos, imponiendo límites a transacciones, ahorro y gasto, funcionando como una versión estatal del control algorítmico corporativo. Así, el remedio propuesto por Hui podría terminar siendo idéntico a la enfermedad que denuncia.

Conclusión: infraestructura sin permiso

La esencia de Bitcoin reside en permitir transacciones sin supervisión externa, manteniendo la información financiera alejada de gobiernos y corporaciones. Un nodo de la red no requiere identificación, no puede ser bloqueado por una entidad central y no aplica penalizaciones algorítmicas. En un contexto que Hui compara con el clima previo a la Segunda Guerra Mundial, marcado por militarización y autoritarismo, la pregunta crucial es si una infraestructura financiera que requiere permiso es compatible con la resistencia que el propio filósofo considera urgente. Bitcoin ofrece una salida basada en la descentralización técnica, no en la regulación institucional, lo que lo convierte en una alternativa concreta para quienes buscan escapar del control algorítmico.

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